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Mucho antes de los unicornios y la IA, empresarios mexicanos como Jorge Espinosa Mireles, Miguel Ruiz Buelna, José Luis Rodríguez y Martín Mexía, entre otros cientos, construyeron la industria TIC.
Hay dos maneras de contar una historia de independencia.
Una empieza en 1810, con un cura, una campana y una multitud que decidió que las cosas podían ser diferentes.
La otra empieza mucho después, en oficinas donde todavía había máquinas de escribir, teléfonos de disco, calculadoras y muy pocas computadoras.
En esa segunda historia no hubo ejércitos ni proclamas.
Hubo empresarios.
Mexicanos que decidieron fabricar computadoras cuando IBM dominaba el mercado; distribuir tecnología cuando todavía era un negocio de nicho; desarrollar software para resolver problemas que las compañías extranjeras no entendían del todo; llevar equipos desde Hermosillo a otros estados; o convertir el mayoreo tradicional en un negocio especializado en ciberseguridad.
Mucho antes de que México hablara de startups, unicornios, fintech, nube e inteligencia artificial, ellos ya estaban tratando de responder una pregunta elemental:
¿Cómo se construye un negocio tecnológico en México?
Sus respuestas fueron distintas.
Pero dejaron algo que la generación actual de emprendedores recibió prácticamente hecho: un mercado, un canal, una red de distribuidores, integradores, técnicos, fabricantes y clientes que hoy forman parte del ecosistema TIC mexicano.
El primer reto: vender una computadora mexicana
Hoy basta con abrir una tienda en línea para encontrar cientos de computadoras.
En los años ochenta, la conversación era diferente.
Había que convencer a las empresas de que una computadora podía cambiar su manera de trabajar.
Y había que convencerlas, además, de que una computadora fabricada o ensamblada en México podía competir.
Ahí aparece Jorge Espinosa Mireles.
Su empresa, Printaform, había nacido en 1961 vinculada con formas preimpresas y posteriormente incursionó en calculadoras, cajas registradoras y equipos electrónicos. El salto hacia la computación llegó en los años ochenta, cuando la compañía comenzó a fabricar computadoras compatibles con IBM PC.
El dato que hoy puede parecer anecdótico entonces era estratégico: el precio.
La Printaform S700, lanzada en 1980, buscaba acercar la computación al mercado mexicano con un costo menor que el de algunos equipos competidores.
Espinosa Mireles no estaba construyendo el Silicon Valley mexicano.
Estaba intentando algo más inmediato:
hacer negocio con la tecnología en México.
La historia incluso registra un encuentro con Bill Gates para negociar la integración de MS-DOS en español en los equipos Printaform.

El emprendedor antes del emprendimiento
Hay algo que los jóvenes empresarios de hoy quizá no dimensionen.
Espinosa Mireles emprendió tecnología antes de que existiera la cultura startup.
No había incubadoras especializadas, aceleradoras, influencers de negocios, fondos de venture capital ni LinkedIn para anunciar que la empresa acababa de levantar una ronda.
Había una fábrica, proveedores, vendedores, clientes y riesgo.
Mucho riesgo.
Y esa es quizá la primera característica de esta generación de visionarios:
no esperaban a que existiera el ecosistema; intentaban construirlo.
De la computadora al canal
Una computadora puede salir de una fábrica.
Pero para convertirse en negocio necesita llegar a alguien.
Ese principio parece obvio hoy. En los años ochenta y noventa no lo era tanto.
El mercado mexicano comenzó a construir una red de empresas que conectó fabricantes con distribuidores y usuarios finales.
Entre esos empresarios está Miguel Ruiz Buelna, fundador de TEAM.
Su trayectoria comenzó en una época en la que distribuir computadoras implicaba una mezcla poco glamorosa de inventario, crédito, cobranza, llamadas telefónicas y relaciones personales.
Ruiz Buelna tomó la dirección de TEAM en 1984 y desarrolló una compañía que terminaría convirtiéndose en uno de los referentes de la distribución mayorista de tecnología en México.
La anécdota empresarial resulta familiar para cualquier emprendedor, aunque cambien las herramientas.
En la crisis de 1994, TEAM enfrentó problemas de cobranza y financiamiento. La experiencia dejó una lección que Ruiz Buelna ha relacionado con la importancia de planear a largo plazo.
Hoy se habla de cash flow, run rate, runway y métricas de crecimiento.
Entonces se hablaba de algo más sencillo:
“¿Cuándo me van a pagar?”
La pregunta sigue siendo exactamente la misma.
José Luis Rodríguez: cuando distribuir también era innovar
En esta historia aparece José Luis Rodríguez, fundador de Dicom.
Rodríguez participó en la construcción del mercado mayorista mexicano desde una época en la que la distribución tecnológica todavía estaba lejos de tener la escala y sofisticación actuales.
Dicom fue fundada en 1987 y posteriormente se vinculó con Ingram Micro, operación que culminó con la adquisición de la compañía mexicana en 1999.
Hoy resulta difícil imaginar lo que significaba construir ese tipo de empresa sin las herramientas digitales actuales.
No había dashboards en tiempo real.
No había comercio electrónico B2B.
No había WhatsApp para confirmar un pedido.
No había CRM en la nube.
Había vendedores.
Teléfono.
Fax.
Catálogos.
Bodegas.
Camiones.
Y una buena memoria para recordar quién compraba qué.
Rodríguez pertenece a esa generación que entendió que la distribución podía convertirse en una ventaja competitiva.
No bastaba con importar tecnología.
Había que crear el camino para que llegara a miles de empresas mexicanas.
El mapa se dibujó desde Hermosillo
Hay una imagen que resume bien la historia del emprendimiento tecnológico mexicano.
Un empresario que llega a Hermosillo y decide construir desde ahí una compañía nacional de distribución de tecnología.
Ese empresario fue Saúl Rojo.
Ingeniero en Electrónica, con experiencia previa en sistemas digitales e informática, Rojo llegó a Sonora a finales de los ochenta. En 1992 fundó CT Internacional con un equipo inicial de apenas seis personas.
El punto de partida importa.
No comenzó en Silicon Valley.
No comenzó en Nueva York.
Comenzó en Hermosillo.
La empresa creció hasta convertirse en uno de los principales mayoristas de tecnología del país, con una oferta que actualmente incluye cómputo, servidores, seguridad electrónica, infraestructura y servicios en la nube.
El algoritmo antes del algoritmo
Rojo y otros empresarios de esa generación tuvieron que resolver algo que hoy resuelven los algoritmos:
cómo encontrar la mejor ruta entre el producto y el cliente.
Sólo que entonces el algoritmo era una combinación de experiencia, teléfono, inventario, vendedores y logística.
Y si algo faltaba, había que improvisar.
Esa capacidad de improvisación —bien entendida— es otra característica del empresario mexicano.
No significa trabajar sin método.
Significa encontrar una salida cuando el manual no existe.
Martín Mexía y la época de la especialización
La tecnología cambió.
Y con ella cambió el mayorista.
Ya no basta con tener computadoras, impresoras, accesorios o servidores en una bodega.
Los clientes quieren seguridad.
Nube.
Datos.
Automatización.
Servicios administrados.
Inteligencia artificial.
Aquí aparece Martín Mexía, presidente y CEO de MAPS Disruptivo.
La empresa, con cuatro décadas de trayectoria, representa una generación distinta del canal: la que encontró valor en la especialización.
MAPS evolucionó hacia un modelo enfocado en ciberseguridad, nube, centros de datos y servicios digitales, acompañado por iniciativas de capacitación y profesionalización del canal.
La transformación puede resumirse en una pregunta.
Antes:
¿Qué producto tienes?
Ahora:
¿Qué problema sabes resolver?
Es un cambio enorme.
Porque obliga al mayorista y al integrador a dejar de competir únicamente por precio.
La especialización permite vender conocimiento.
Y el conocimiento, a diferencia de una caja de producto, no se queda obsoleto en una bodega.
Cinco empresarios, cinco maneras de mirar el futuro
Espinosa Mireles miró una computadora y vio un mercado.
Ruiz Buelna miró el mercado y vio un canal.
Rodríguez miró el canal y vio una oportunidad para profesionalizar la distribución.
Rojo miró el mapa de México y decidió que el negocio también podía construirse desde Hermosillo.
Mexía miró el mayoreo y entendió que el futuro estaba en la especialización.
Cinco empresarios.
Cinco momentos.
Una misma característica:
apostaron antes de tener todas las respuestas.
Eso es precisamente lo que conecta a los pioneros con los emprendedores jóvenes de 2026.
Lo que cambió y lo que no
El joven que quiere crear una empresa tecnológica hoy dispone de herramientas que aquellos empresarios no podían imaginar.
Puede desarrollar software utilizando inteligencia artificial.
Puede vender mediante un marketplace.
Puede contratar infraestructura desde la nube.
Puede encontrar clientes en redes sociales.
Puede recibir pagos digitales.
Puede levantar capital con inversionistas de otros países.
Puede trabajar con colaboradores que viven a miles de kilómetros.
La barrera tecnológica de entrada es menor.
La competencia, en cambio, es mucho mayor.
Un emprendedor mexicano puede competir hoy contra otro mexicano, pero también contra una startup de Bangalore, una empresa estadounidense o una plataforma china.
La tecnología democratizó las herramientas.
No democratizó automáticamente el éxito.
De Printaform a la inteligencia artificial
El México tecnológico de hoy es mucho más grande que el de los años ochenta.
El país cuenta con empresas de hardware, software, distribución, telecomunicaciones, servicios digitales y fintech, además de un amplio ecosistema de integradores, revendedores, consultores y proveedores de servicios.
La cadena también se ha sofisticado.
El fabricante ya no es el único protagonista.
Ahora participan:
Fabricantes → mayoristas → distribuidores → integradores → MSP/MSSP → desarrolladores → proveedores de nube → usuarios empresariales.
Y en medio de todos ellos aparece una nueva capa:
la inteligencia artificial.
La IA puede convertirse en el siguiente gran salto para el ecosistema mexicano, pero también en una prueba.
Porque la pregunta ya no es únicamente quién venderá servidores con GPU.
Es quién podrá convertir la IA en una solución que una empresa mexicana esté dispuesta a pagar.
Eso vuelve a colocar al canal en el centro.
¿Qué tienen los emprendedores mexicanos?
Quizá no exista un gen emprendedor mexicano.
Pero sí existe una colección de comportamientos que aparece una y otra vez en estas historias.
Terquedad
Cuando el mercado dice que no, se busca otro camino.
Adaptación
Cuando cambia la tecnología, cambia el negocio.
Relaciones
El negocio tecnológico mexicano se construyó alrededor de personas que se conocen, confían y hacen negocios durante décadas.
Pragmatismo
Primero resolver el problema. Después explicar la teoría.
Hambre de mercado
No necesariamente inventar algo completamente nuevo, sino encontrar dónde existe una necesidad y convertirla en negocio.
Resistencia a las crisis
Devaluaciones, apertura comercial, pandemias, ciclos de inventario, inflación, cambios tecnológicos.
El mercado mexicano no suele avisar cuándo viene el siguiente golpe.
La independencia también se puede medir en tecnología
Durante septiembre, México celebra una independencia política conseguida hace más de dos siglos.
En tecnología, la palabra independencia significa algo diferente.
No quiere decir producir cada chip, cada servidor o cada componente dentro del país.
Eso sería desconocer cómo funciona la economía tecnológica mundial.
Significa tener la capacidad de crear empresas, desarrollar talento, generar propiedad intelectual, integrar soluciones, construir canales y convertir tecnología global en soluciones para problemas mexicanos.
Ahí la historia de los visionarios cobra otra dimensión.
Espinosa Mireles no necesitó fabricar cada componente de una computadora para intentar construir una industria.
Ruiz Buelna no necesitó crear un procesador para convertirse en protagonista del canal.
Rojo no necesitó instalarse en la Ciudad de México para construir una empresa nacional.
Mexía no necesitó inventar la ciberseguridad para convertirla en especialidad.
Su innovación estuvo también en cómo hicieron negocio con la tecnología.
Antes de los unicornios, estuvieron ellos
En septiembre, las calles se llenan de banderas.
En las redes aparecen frases sobre independencia.
Y en las empresas tecnológicas continúa una historia que comenzó mucho antes de que alguien utilizara la palabra startup.
La generación de Jorge Espinosa Mireles tuvo que explicar qué era una computadora.
La de Miguel Ruiz Buelna y José Luis Rodríguez tuvo que construir el canal que permitiera venderla.
Saúl Rojo demostró que una empresa tecnológica podía crecer desde una ciudad alejada del centro económico del país.
Martín Mexía convirtió la especialización en una estrategia para la nueva economía digital.
Después llegaron los emprendedores fintech.
Llegaron las plataformas.
Llegó la nube.
Llegó la inteligencia artificial.
Ahora viene otra generación.
Tiene mejores herramientas, acceso a capital global y un mercado digital enorme.
Pero heredó algo todavía más importante:
la evidencia de que sí se puede construir tecnología desde México.
Quizá esa sea la verdadera conexión entre aquellos empresarios y quienes hoy están creando startups desde una laptop.
Los pioneros no tuvieron un mapa.
Tuvieron que dibujarlo.
Los jóvenes de hoy reciben ese mapa.
La pregunta es qué harán con él.
Y mientras México vuelve a gritar «¡Viva México!» este septiembre, quizá valga la pena agregar una frase que no aparece en ningún libro de historia:
¡Vivan los que se atrevieron a construirlo!