Las lecciones de Manuel F. Díaz sobre liderazgo, estrategia, desarrollo de personas y gobierno corporativo siguen vigentes en una época dominada por la inteligencia artificial.
En una época en la que hablamos constantemente de inteligencia artificial, automatización y algoritmos, conviene recordar que existe una inteligencia mucho más difícil de sustituir: la capacidad humana para escuchar, pensar, preguntar y desarrollar a otros.
Tuve el privilegio de aprenderlo durante más de diez años de Manuel F. Díaz.
Muchos lo conocieron como vicepresidente corporativo global de HP Inc., asesor de grandes compañías y mentor de altos ejecutivos alrededor del mundo. Para mí fue mucho más: fue mi mentor, presidente de mi Consejo de Administración y un amigo cercano de mi familia.
Lo extraordinario de Manuel no eran sus credenciales, aunque eran impresionantes. Era su capacidad para desarrollar el pensamiento de los demás. Ha sido una de las mentes más brillantes que he conocido.
Cuando llegabas con él buscando respuestas, rara vez te decía qué hacer. Hacía preguntas.
Preguntas que obligaban a analizar, cuestionar, reflexionar y encontrar por uno mismo el mejor camino.
Con el tiempo entendí que ahí estaba una de sus mayores fortalezas: no formaba seguidores; formaba líderes.
Estrategia antes que intuición
Otra de sus grandes enseñanzas fue la disciplina estratégica.
Con Manuel aprendí que una buena decisión no puede depender únicamente de la intuición. Hay que construir indicadores, verificar información, dar seguimiento y, sobre todo, mantener una visión de largo plazo.
Esa forma de pensar fue determinante para transformar nuestra empresa familiar en una organización institucionalizada, con procesos, gobierno corporativo y una estrategia clara de crecimiento.
Muchas de las bases que posteriormente nos permitieron convertirnos en uno de los principales socios de Microsoft en licenciamiento nacieron de aquellas conversaciones.
Manuel me enseñó que crecer no consiste solamente en vender más. Significa construir una organización capaz de sostener ese crecimiento.
La sencillez también es liderazgo
Pero quizá lo que más admiré de Manuel fue su sencillez.
Podía asesorar a líderes globales como Carly Fiorina, entonces CEO de HP, y al mismo tiempo dedicar la misma atención, respeto e interés a cualquier persona, sin importar su posición o nivel jerárquico.
Escuchaba de verdad.
Compartía su conocimiento sin necesidad de demostrar cuánto sabía.
Y eso, en un mundo empresarial donde muchas veces confundimos liderazgo con autoridad, es una lección que sigue vigente.
Mi hermano Julián Abed, Samuel Araiza y Munir Dabaghi impulsaron la publicación del libro Inteligencia no artificial, una recopilación de testimonios y aprendizajes de quienes tuvimos la fortuna de trabajar con Manuel.
El título resume muy bien quién era: una persona con una inteligencia extraordinaria que decidió utilizarla para ayudar a otros a crecer.
La inteligencia que la tecnología no puede reemplazar
Hoy, mientras la tecnología avanza a una velocidad sin precedentes, regreso con frecuencia a una de las lecciones más valiosas que me dejó Manuel.
Las herramientas cambian.
Los mercados cambian.
Los modelos de negocio cambian.
Pero la capacidad de escuchar, hacer las preguntas correctas, desarrollar personas y construir confianza sigue siendo una ventaja competitiva.
Manuel Díaz dejó huella en las organizaciones y en las personas que tuvieron la oportunidad de cruzarse con él.
Yo soy una de ellas.
Por eso, más allá de sus logros profesionales, su legado sigue presente en cada decisión estratégica que tomo, en cada pregunta que me hago antes de actuar y en cada líder que intento desarrollar.
Quizá esa sea la verdadera inteligencia.
La que no se mide solamente por lo que una persona sabe, sino por lo que consigue que otros sean capaces de hacer.
La que transforma organizaciones, desarrolla personas y permanece mucho tiempo después de que quien la enseñó ya no está presente.