La IA no puede crecer encerrada

Por Nicolás Cánovas
Nicolás Cánovas, director senior para Latinoamérica en AMD
Nicolás Cánovas, director senior para Latinoamérica en AMD.

La inteligencia artificial enfrenta una nueva disputa tecnológica: arquitecturas abiertas, interoperabilidad y acceso definirán quién puede innovar y escalar en la era de la IA.

Durante años, la industria tecnológica construyó buena parte de su poder alrededor de una idea bastante sencilla: quien controla la plataforma controla el mercado. Sistemas operativos, procesadores, nubes, bases de datos y aplicaciones se convirtieron en ecosistemas cada vez más cerrados, donde entrar era posible, pero salir podía resultar bastante caro.

La inteligencia artificial está poniendo esa lógica bajo presión.

Porque en la era de la IA ya no basta con tener el procesador más potente, el modelo más grande o el centro de datos más espectacular. El verdadero problema es otro: ¿qué tan fácil resulta conectar todo eso?

Modelos, datos, aplicaciones, sistemas operativos, nubes, dispositivos y centros de datos necesitan trabajar juntos. Y cuanto más crece la complejidad de la IA, más costoso resulta construirla sobre tecnologías que no hablan entre sí.

Ahí es donde la apertura tecnológica deja de ser un discurso sobre filosofía de software y se convierte en una cuestión de negocio.

El nuevo cuello de botella no es solamente el cómputo

La carrera por la inteligencia artificial ha provocado una obsesión comprensible por las GPU, los servidores y la capacidad de cómputo. Sin embargo, tener infraestructura no garantiza que una empresa pueda convertirla rápidamente en resultados.

El siguiente cuello de botella puede estar en la arquitectura.

Una organización puede disponer de datos suficientes, presupuesto para infraestructura y modelos sofisticados, pero enfrentar dificultades para trasladar sus cargas entre plataformas, integrar herramientas, modificar componentes o incorporar nuevas tecnologías.

La dependencia excesiva de un solo ecosistema puede terminar convirtiéndose en una restricción para la innovación.

Por eso el código abierto importa. No solamente porque permite acceder al código, sino porque crea condiciones para que desarrolladores, empresas e instituciones colaboren, adapten tecnologías y construyan sobre estándares y herramientas comunes.

En otras palabras: la apertura reduce la fricción para experimentar.

Y en inteligencia artificial experimentar no es un lujo. Es parte del negocio.

América Latina no puede darse el lujo de esperar

El debate resulta particularmente relevante para América Latina.

La región está incorporando inteligencia artificial a una velocidad considerable, pero todavía enfrenta limitaciones en infraestructura, talento especializado, inversión y acceso a capacidades avanzadas de cómputo.

El Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA), elaborado por el Centro Nacional de Inteligencia Artificial de Chile y con participación de la CEPAL, identifica al código abierto como una oportunidad para que los países de la región desarrollen capacidades propias y reduzcan la dependencia de soluciones privativas y de infraestructura costosa.

El planteamiento es importante porque cambia la pregunta.

No se trata solamente de preguntarnos cuántas empresas latinoamericanas pueden comprar inteligencia artificial. La pregunta más estratégica es cuántas pueden construir sobre ella, adaptarla y generar tecnología propia.

El mismo reporte señala la creciente adopción de aplicaciones de IA generativa en América Latina y el Caribe. La región representa entre 15% y 20% de las descargas globales de aplicaciones de IA generativa, de acuerdo con los datos citados en el informe.

Hay demanda.

Ahora falta convertir esa demanda en capacidad tecnológica.

México tiene una oportunidad que no debería desperdiciar

México aparece entre los ecosistemas latinoamericanos con mayor actividad relacionada con inteligencia artificial, tanto por investigación como por desarrollo empresarial y generación de patentes.

Eso coloca al país frente a una oportunidad interesante: aprovechar su base de talento, su industria tecnológica y su cercanía con Estados Unidos para convertirse no solamente en consumidor de IA, sino también en desarrollador e integrador de soluciones.

Pero para hacerlo necesitará algo más que acceso a modelos.

Necesitará infraestructura flexible.

Una arquitectura abierta puede permitir que una empresa entrene un modelo en determinado entorno, lo despliegue en otro y posteriormente cambie componentes sin tener que reconstruir toda su operación. También puede facilitar que los desarrolladores incorporen nuevas herramientas y que los integradores diseñen soluciones alrededor de las necesidades del cliente, y no alrededor de las limitaciones de una plataforma.

Eso modifica incluso la manera de competir.

AMD apuesta por una arquitectura más abierta

En este escenario, AMD plantea una estrategia que busca abarcar desde el dispositivo hasta el centro de datos bajo una lógica de ecosistema abierto.

Uno de los componentes centrales es AMD ROCm, plataforma de software orientada a inteligencia artificial y cómputo de alto rendimiento que busca ofrecer a los desarrolladores herramientas para crear, optimizar y desplegar cargas de trabajo sobre aceleradores AMD.

La propuesta tiene sentido dentro de una tendencia mayor: hacer que el software pueda acompañar la evolución del hardware sin convertir la infraestructura en una jaula tecnológica.

El portafolio de AMD extiende esa estrategia hacia diferentes capas de infraestructura. Los procesadores AMD EPYC de quinta generación están dirigidos a centros de datos, nube e infraestructura empresarial; los aceleradores AMD Instinct MI300 Series atienden cargas intensivas de entrenamiento e inferencia; y los procesadores AMD Ryzen AI PRO incorporan capacidades de IA en dispositivos empresariales.

La relevancia no está únicamente en la existencia de estos productos. Está en la posibilidad de integrarlos dentro de arquitecturas donde diferentes componentes tecnológicos puedan convivir.

Porque si la IA va a estar en todas partes, también tendrá que funcionar con casi todo.

La oportunidad está en conectar las piezas

Aquí aparece una consecuencia que suele perderse en la conversación sobre inteligencia artificial.

La apertura tecnológica no elimina la complejidad. La desplaza hacia quienes saben integrarla.

Y ahí existe una oportunidad considerable para desarrolladores, integradores, proveedores de servicios administrados y empresas de infraestructura tecnológica.

El cliente empresarial difícilmente quiere comprar una colección de componentes tecnológicos y después descubrir cómo hacerlos funcionar. Quiere resolver problemas: automatizar procesos, proteger información, analizar datos, reducir costos, desarrollar nuevos productos o mejorar la experiencia de sus usuarios.

El valor, por tanto, estará cada vez más en diseñar la arquitectura adecuada y conseguir que sus diferentes capas trabajen juntas.

Ese trabajo requiere conocimiento de infraestructura, datos, modelos, seguridad, nube, aplicaciones y operación.

Es decir, requiere integración.

La verdadera batalla será por la libertad tecnológica

La historia de la tecnología demuestra que los ecosistemas cerrados pueden ser extraordinariamente eficientes. Ofrecen integración, control y experiencias consistentes. El problema aparece cuando esa eficiencia se transforma en dependencia.

En inteligencia artificial, donde la tecnología cambia cada pocos meses, esa dependencia puede convertirse rápidamente en una desventaja.

Un modelo que hoy parece indispensable puede ser sustituido mañana. Una arquitectura de cómputo puede cambiar. Una nueva técnica de inferencia puede reducir drásticamente los requerimientos de infraestructura. Una aplicación puede necesitar ejecutarse localmente después de haber funcionado en la nube.

La empresa que tenga una arquitectura flexible podrá adaptarse.

La que haya construido una fortaleza alrededor de un único proveedor quizá descubra que también construyó las paredes de su propia prisión.

Por eso la discusión sobre arquitecturas abiertas no es una batalla romántica entre software libre y software propietario. Es una discusión sobre capacidad de adaptación, costos de cambio y libertad para innovar.

Y esos tres factores tendrán un valor económico creciente.

El futuro no será de quien tenga la IA más grande

La inteligencia artificial todavía está en una etapa temprana. Estamos viendo modelos cada vez más capaces, agentes que comienzan a ejecutar tareas y aplicaciones que apenas muestran una fracción de lo que podrían hacer.

En este contexto, resulta prematuro pensar que el ganador será simplemente quien tenga el modelo más grande o la mayor cantidad de GPU.

La ventaja puede terminar perteneciendo a quien consiga construir el ecosistema más adaptable.

Uno donde los datos puedan moverse, los modelos puedan evolucionar, el software pueda incorporar nuevas capacidades y la infraestructura pueda escalar sin obligar a las organizaciones a comenzar desde cero cada vez que cambia una pieza.

Para América Latina, y particularmente para México, esa flexibilidad puede ser más importante que perseguir una carrera tecnológica que requiere inversiones gigantescas.

No todos pueden construir el centro de datos más grande del mundo.

Pero sí pueden construir mejores soluciones sobre arquitecturas capaces de conectar tecnologías.

La IA no necesita más fronteras tecnológicas. Necesita puentes.

Porque la próxima gran ventaja competitiva no estará necesariamente en tener más inteligencia artificial, sino en tener la libertad tecnológica para decidir dónde, cómo y con qué construirla.

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